29 abril 2007

LAS TARDES, NUESTRAS TARDES

Algunas veces las tardes
visten de convictas,
una bata de algodón plomizo,
entre barrotes de aguacero.
Quietas, calladas,
tristes.
Viejas rendidas en el sol frío
que no calienta sus vencidos huesos.
Medio ciegas, completamente sordas
ajenas al llanto de quien les es ajeno,
ajenas a la alegría de los otros,
los que viven sin rejas,
donde la lluvia es dulce
y entibia el sol la piel a lametones.

Esas tardes podridas,
huecas como los huecos
tocones de los álamos,
color de polvoriento hueso,
mohosas y de párpados caídos,
tienen su propio grito:
gimen con voz de viento
crujiendo en las bisagras,
borboteando en las pilas
de piedra de los lavaderos.
Se les ha roto el cascabel dorado,
el farolillo chico que albergaba la luz
y lloran por su ausencia detrás de las paredes,
donde no puedes verlas.

Castigadas tardes-víctima
que cumplen su condena sin remedio,
sin nadie que desee visitarlas,
discurrir por sus horas,
enredar sus segundos en saetas
y dispararlas hacia el horizonte.
Esas, las tardes en que olvidas que olvido
en los mil agujeros del cedazo
que una vez fuimos parte de un sueño de colores
y ahora somos tan solo dos grises enemigos
sin más batallas por librar
que cruzar una puerta hacia la ausencia.

Desde aquí, en mi butaca, las contemplo
recorrer lentamente la distancia,
la milla verde hacia su sacrificio,
su condena de tiempo, inapelable.
Y mueren en la orilla
de una inyección letal de sol poniente,
de ocaso repetido.
Ya no son sino historias olvidadas.
Horas en un capazo desfondado.

Las tardes, nuestras tardes, las que amábamos.


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