Fuera la luz rugiente, mediodía.
Dentro la quieta penumbra, silencio
íntimo.
Refugiada en su centro
¿qué sueña la magnolia de blancos pétalos
en su siesta verde?
Sueña
lenguas de colibríes invasoras,
zumbidos de abejorros buscando el corazón,
libando ávidos.
Duerme;
pueblan su oscuridad imágenes aladas;
un Universo, oculto en ella, hierve.
Fuera la sombra muda, medianoche.
Dentro la llama incendiaria, estallido
ígneo.
Despiertan sus sentidos
¿que anhela la magnolia de blancos pétalos
abierta hacia la luna?
Anhela
un tacto que le muerda las entrañas,
mientras la savia colma sus venas en sazón
de oleajes cálidos.
Siente;
pueblan su realidad imágenes aladas;
un Universo, oculto en ella, crece.
Desnudos
bajo el magnolio otros pétalos se abren,
arden sin llama, cálidos, lascivos,
devoradores, oscuros... salvajes.
Es claro que nací mortal
¿de qué otro modo?
¿nace lo que no muere?
no tiene la Eternidad principio
Es claro que nací mortal
¿por qué angustiarme?
cruzaré la puerta de la muerte
como crucé la puerta de la vida
Es claro que nací mortal.
No tengo miedo
de llegarme de nuevo a la otra orilla,
aun sin acompañarme de Caronte.
Frente a frente lo admito.
Te temo a ti.
Tu mueca cruel,
tus garras, tus colmillos,
tu rostro ceniciento,
la llaga,
la impotencia.
Temo que me encadenes,
dolor,
en tus grilletes.
El amor es un vecino desconocido.
Sabes que vive al lado de tu casa,
le oyes abrir la puerta por las noches,
ves como va encendiendo una por una
las luces a su paso,
oyes la melodía inacabable,
le ves bailar lambada
con alguna otra sombra.
Sin embargo -como ocurre
con los otros espectros habitantes
de tu mundo de cristal y cemento-
todavía no has conseguido verle
cara a cara, dispuesto a saludarte
al pasar a tu lado en la escalera.
Sigues aquí, cuidando con esmero
tu pequeña maceta de albahaca.
Puta -le dijo
con la boca llena
del amargo rencor del impotente.
Dejó caer la palabra
como una piedra,
para lapidarla;
como una losa,
como un epitafio
para el amor,
cadáver hediondo
corrompiendo sus días y sus noches.
Puta -le dijo
y ella le dió la espalda
y se marchó
perdiéndose en la niebla.
A la luz de la luna que navega
imperturbable y fría, indiferente,
con resplandores blancos,
ella abre el cajón del pensamiento,
extrae las palabras que atesora,
las pesa, las coloca, las ordena
en renglones medidos y cuidados.
¿Llora? No. Sólo observa
las ideas ardiendo en las esquinas,
peligrosas esquirlas de metralla
sentimental, lesiva como dardos,
letales, como dosis de cicuta.
Cuidadosa, despacio, las sujeta
firmemente en los dedos, sin temblores
y serena, retira la espoleta.
No arderán más las brasas apagadas,
no estallarán corazones heridos,
egos eviscerados o dolientes
mutilados en guerras de pasiones.
Pero a los ojos del mundo que observa
ignorante del peso de las sombras,
será tan sólo el autómata frío
que desactiva sin alma las bombas.
Él dijo: "Eres helada, como el Norte,
no late un corazón bajo tu pecho
sino un ciego y preciso mecanismo.
No te emocionas, no pierdes la calma,
el amor no te altera los latidos,
sólo sabes llorar a la hora exacta
de intercambiar fluidos.
Ella calló, detrás de la coraza
de ocultas cicatrices de otras guerras,
trenzadas con cadenas irrompibles.
Cerró los ojos sin bajar los párpados
y, escondiendo la herida tras su plácida
imagen de muñeca inanimada,
contestó sonriendo: "Soy pragmática".
Lucen, altivas, en lujosos salones
-frágiles porcelanas
eternamente jóvenes-
su delicada piel de cristal de Bohemia
sin arrugas
y sin imperfecciones.
Rosas talladas, que no tienen aroma
propio, y se compran
con oro de papel
para exhibir a la mirada ajena
en cámaras estancas
donde nada
pueda dañar su belleza aparente
Muñecas huecas de sí mismas,
vestidas con azules desencuentros,
polvo blanco y ceniza
gris, rellenan el vacío,
apagando los ecos
de lágrimas sin agua,
enmudeciendo el alma quebradiza
Y mañana, una grieta
irremediable y larga,
convertirá en arena su diamante,
la arena en lodo,
el lodo en mugre y cieno,
deshechas
serán sólo olvido cierto.